Al fin sintió que era momento de escribir, tal vez hubiera querido empezar antes, pero ni las fuerzas ni las ganas lo habían tocado tanto como ahora. Dentro de sí sintió que el momento era este y no otro.
Algunas veces intento en el pasado esbozar en palabras lo que su corazón sentía, pero nunca lo logro realmente, tal vez porque pasaba más tiempo pensando en cómo le gustaría ser leído que en cómo le gustaría leerse a sí mismo. Para el ojo atento, esto bien podría significar un tema de vanidad, pero él, sin negar la posibilidad, siempre creyó que era más por inseguridad.
Buscaba encontrar a través de la escritura, respuestas que no encontraba en la vida, en la gente, en el lugar donde le tocó vivir. Trataba a través de las letras encontrar su lugar en el mundo o, de pronto reencontrarlo, la verdad no sabía realmente a qué lugar y a qué momento pertenecía.
Sabía que sus acciones, pasadas y presentes, lo habían traído a este punto de su vida en el cual no se encontraba conforme, sentía que las decisiones tomadas no habían sido las correctas, pero al fin y al cabo quién las toma. El mejor consejo que le pueden dar a alguien es que cometa todos los errores posibles, solo así algún día aprenderá.
De repente, recordaba momentos más seguros, más confortables, la melancolía volvía, ese sentimiento de añoranza de eventos que no volverían a suceder pero que igual no estaba dispuesto abandonar, sin sus recuerdos no sería nadie.
Recordaba por ejemplo cuando su madre le regaló su primer libro, un ejemplar de un escritor francés que añoraba su infancia, que no entendía porque la vida avanza en un sentido tal que nos obliga a abandonar lo que somos, lo que quisimos ser, el niño que soñaba, jugaba, reía, lloraba…
Al fin y al cabo lo único que trataba de entender, es saber quién era hoy